MI ÚLTIMO SUPER BOWL

Si hay algo por lo que cualquier periodista, sobre todo de espectáculos o de deportes, puede sentirse bendecido es por la cantidad de vivencias que el trabajo le da. En mi caso, tengo varias, como una cena con Garbage en Madison, Wisconsin, después de haber oído su disco en ese entonces nuevo (Version 2.0) en los Smart Studios de Butch Vig; vi la apertura de una gira de Oasis en Estocolmo; obtuve un autógrafo de puño y letra de Madonna y tuve la oportunidad de hablar por un rato con Sir Ben Kingsley en Nueva York.

Pero las experiencias que atesoro como a nada en el mundo son los tres Super Bowls que cubrí mientras fui miembro del staff de la revista ESPN Deportes. Empecé en el XL, viendo coronarse al equipo de mis amores (los Acereros de Pittsburgh, obviamente) después de una espera de más de 25 años como fan; al año siguiente vi a Peyton Manning conseguir su correteadísimo anillo de campeón; y finalmente, fui testigo presencial del mejor Super Bowl de la historia: el XLII entre los Patriotas de Nueva Inglaterra y los Gigantes de Nueva York.

Es curioso que ahora, cuatro años después de ese encontronazo de defensivas, se vuelvan a ver las caras ambos equipos en situaciones muy similares a las del Super Bowl XLII. Los Patriotas, con un récord muy superior al de Nueva York, pero los Gigantes vienen nuevamente enrachados.

Obviamente, también hay muchas diferencias ahora: en el Super Bowl XLII los Pats habían tenido una temporada regular invicta, cosa que este año no lograron; los Gigantes no fueron líderes divisionales hace cuatro años, cuando ganaron el campeonato de la NFL ni tienen ese dominante ataque terrestre, pero se trata de los mismos mariscales de campo, los mismos entrenadores en jefe y, en consecuencia, de sistemas muy parecidos al de ese entonces.

Desde que ambos equipos ganaron sus respectivas finales de conferencia he tenido toda clase de flashbacks de ese 3 de febrero de 2008: la entrevista que le realizó mi amigo Joaquín Duro al hermano de Brandon Jacobs por casualidad afuera del estadio de la Universidad de Phoenix, en Glendale, Arizona; el show de medio tiempo con Tom Petty & The Heartbreakers (una de mis bandas favoritas); las pláticas de regreso en el camión para prensa con dos periodistas estadounidenses y, por supuesto, mi lonchera con sandwiches, agua, una manzana, una barra de granola y un refresco, cortesía de la NFL para los periodistas.

Pero a pesar de tantos buenos recuerdos de un sólo día, hay tres cosas que no se me van a borrar nunca de la mente. La primera, la reacción de la gente al ver la recepción del ala cerrada reserva David Tyree en cuarta oportunidad para que los Gigantes anotaran unas jugadas más tarde el tochdown de la victoria. A comparación de los otros dos Super Bowls que me había tocado cubrir, ahora estaba en la parte más alta del press box (la zona asignada para la prensa dentro del estadio), que estaba justo detrás de la zona de anotación contraria hacia donde los Gigantes avanzaban en esa última ofensiva. Justo enfrente de mí tenía un pequeño monitor con un delay de cinco segundos, para poder ver las jugadas que acababan de suceder más detalladamente; detrás de mí había gente parada sin asiento asignado, todos ellos fans de los Patriotas. A mi lado izquierdo estaban las escaleras que dividían la zona de prensa de los demás asientos, donde también había gente parada detrás de la última fila, sólo que ellos eran fanáticos de Nueva York. La jugada era una cuarta oportunidad, si los Gigantes no conseguían el primero y diez, los Pats coronarían la tan ansiada temporada perfecta que tenían hasta el momento. En el estadio se sentía una tensión que no me había tocado vivir hasta ese momento. Nueva Inglaterra mandó la carga, dos jugadores la cayeron encima a Eli Manning, y automáticamente, la gente detrás de mí soltó un alarido de gusto, que se sofocó en menos de un segundo, pues Manning eludió a los defensivos (sigo son saber como) para soltar el pase a Tyree, un jugador desconocido hasta ese momento, quien completó el pase presionando el balón contra su casco para hacer la recepción más famosa en la historia del Super Bowl. La gente que estaba detrás de mí guardó un silencio sepulcral, parecieron pasarle las pilas a los de la sección de junto, quienes gritaron aún más que cuando Manning completó el pase de la victoria con Plaxico Burres unas jugadas después.

La segunda, fue en el área de podios donde se llevan a cabo las entrevistas a los jugadores posteriores al partido. Cuando entré las primeras entrevistas ya habían comenzado. Alcancé a ver a Wes Welker con los ojos llorosos, apenas podía hablar. Junior Seau estaba igual, pero casi toda la prensa estaba en el podio de Tom Brady, quien ya estaba vestido de traje y sonreía como si nada hubiera pasado. No era una actitud fingida, y si lo era, debió de haber sido nominado al Oscar ese año. En sus comentarios no paraba de elogiar a los Gigantes con una clase que ya quisieran tener todos los jugadores de fútbol soccer del mundo, y eso que acaba de perderse la oportunidad de culminar con un campeonato la temporada perfecta de 2007.

La tercera fue una fotografía de José, un editor, miembro del equipo de mi amigo Joaquín. Como ellos trabajaban para el website de NFL latino, fueron de los pocos afortunados en tener acceso al campo de juego justo después de terminar el partido. Cuando me topé con ellos en el área de entrevistas, José se acercó a mí y me dijo: “¿Te gusta esta foto?”. Lo vi a él por el visor de su cámara en pleno emparrillado con el trofeo Vince Lombardi en las manos. ¿Cómo demonios consiguió el trofeo? Me explicó que iban a entrevistar a Burres, quien estaba eufórico con el trofeo en las manos y justo antes de empezar la entrevista llegó su esposa con su hija, una bebita. Al verla, Plaxico le dio el trofeo a José para poder cargar a su hija y, nada menso, aprovechó para tomarse la foto que todos quisiéramos tener.

Obvio, no soy el único que tiene esta clase de anécdotas, periodistas de todo el mundo tienen las suyas, pero por lo pronto, yo comparto estas con quien las quiera leer. Cómo me encantaría volver a cubrir nuevamente un Super Bowl. No importa lo que suceda, siempre verás algo histórico en esos juegos. En esa ocasión, me tocó ver la sorpresa más grande en la historia de los deportes (por lo menos en el deporte estadounidense), pero lo mejor en estos eventos es  lo que sucede tras bambalinas, eso es lo que jamás se te olvida.

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